Archivos Mensuales: noviembre 2013



En el rostro del inmigrante

Por José Juan Zapata

José Juan Zapata en la Casa Mudéjar, en Torreón

A punto de abordar un tren, camino en la estación de Retiro y contemplo las viejas estructuras de hierro de sus andenes, vestigios de un pasado monumental. El mismo fervor de privatizaciones de los años noventa que acabó con el esplendor del ferrocarril argentino, también terminó con el tren de pasajeros en México. La última vez que subí a un vagón de ferrocarril tenía quizá cinco o seis años. El hecho de volver a pisar un tren era un acto de hondas resonancias para mí. Había cercanía, pero también lejanía en el espacio y en el tiempo. Un tren en el sur, muy al sur, para recordar un pasado entrañable en el norte.

De mi infancia queda, guardado en un un librero en una casa de Torreón, un álbum fotográfico de pastas azules, lleno de fotos antiguas, amarillentas, donde aparecen mis padres -tan jóvenes como los recuerdo siempre- y yo -tan pequeño como no volveré a ser nunca-. Hay también tarjetas de felicitación, un pequeño almanaque del año 1984 y un curioso árbol genealógico que llenaron mis padres a mano.

Quería escribir algo sobre lo que representaba ser inmigrante en Argentina, como lo soy ahora. Pero por más que pienso, no puedo sino volver al pasado, a indagar así sea por unas líneas lo que significa venir de una pequeña ciudad del norte de México llamada Torreón.

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Un singular acto de justicia

Por Perla Sneh

1898 fue un año agitado en Buenos Aires, una ciudad que soñaba con ser París. Apenas cuatro años antes quinientas antorchas habían inaugurado “La Avenida” (Avenida de Mayo), su primera gran fachada, plagada de angelotes, guirnaldas, cúpulas y balcones. 1898 fue también un año productivo para la pluma de Miguel Cané –recordado autor de Juvenilia – quien la ejercitó en la redacción de la Ley de Residencia mientras activaba para la creación de la Facultad de Filosofía y Letras, empresas ambas consideradas como bastiones contra la amenaza inmigratoria: la primera permite expulsar indeseables, la segunda promueve el estudio de las lenguas clásicas, mas no como aventura intelectual, sino como modo de preservar la pureza de la lengua argentina amenazada por la jerigonza aluvional. 1898  fue también el año en que apareció en Buenos Aires la primer hoja impresa en ídish, Der Viderkol (El eco) escrita, dirigida, vendida, difundida y grabada a mano, número por número en planchas de piedra, por Mijl Ha’Cohen Sinay, figura quizás inimaginable hoy, con algo de Quijote, algo de cuéntenik, algo del borgiano redactor de La muerte y la brújula, pero no sólo.

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La cadena que une pasado, presente y futuro

Por Eva Guelbert de Rosenthal, directora del Museo Histórico Comunal y de la Colonización Judía Rabino A. H. Goldman, de Moisés Ville

Eva Guelbert de Rosenthal en el Museo de Moisés Ville

Bucear en el devenir de los tiempo es una experiencia extraordinaria, es emprender una aventura que lleva al descubrimiento, al aprendizaje, a la curiosidad y a un nexo que trata de develar – partiendo de múltiples hipótesis –  cuestionamientos, preguntas que uno mismo se hace y que muchas de ellas aún no tienen respuestas.

Más si lo motiva una causa justa, como un rescate de memoria o una búsqueda de raíces.

Lo que emprendió Javier Sinay era una misión casi imposible al pasado: para ello contaba con  la curiosidad que le despertó el artículo de su bisabuelo Mijl Hacohen Sinay (publicado en 1947), enviado por su padre. Poco sabía de él antes de comenzar la búsqueda. Los consejos de colegas, investigadores, periodistas, profesionales, hombres de la cultura, entre los que se hallaba Eliahu Tocker, fueron puntales para desarrollar esta titánica tarea. Visitó instituciones, recorrió sitios, almacenó y cotejó información y al buen sentido judaico de nuestros exegetas, en donde encontró diferentes versiones, opiniones y mitos, puso todos sobre la mesa. En algunas determinó sus propias conclusiones y en otras las dejó para algún otro investigador que venga después a continuar la obra. Caminó sobre una cuerda que ligaba pasado y presente, para proyectarse al futuro, como si fuera una cadena infinita -“nuestra goldene keit”- que se transmitió de generación en generación. Esa cadena lo ata a la tradición milenaria del pueblo judío: a ritos, costumbres y el legado existente en cada hogar y  en la comunidad toda: el problema existencial y la continuidad en la transmisión.

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Moisés Ville, una biografía íntima

Por Laura Cukierman

Elisa y Jacobo, bisabuelos de Laura Cukierman

Una vez mi papá me contó que todas las noches antes de dormirse pensaba en el pueblo. El pueblo se llama Moisés Ville y es el lugar donde mi papá fue feliz. No es que no lo haya sido en otros lugares. Pero Moisés Ville fue una suerte de Tierra Prometida,  el lugar al que siempre quiso volver el menos creyente de los judíos.

Todas las noches mi papá buscaba en su memoria la casa de los abuelos. Volvía hacer el camino a la plaza y de ahí a la Kadima; recordaba de nuevo el olor de los perros que dormían con él, del almacén cuando llegan los pedidos, volvía a ver el humo espeso del tabaco armado flotando durante las madrugadas y oía el sonido de una radio en ruso, cada noche, encendida hasta muy tarde.

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2ª edición ;)

La segunda edición de "Los crímenes de Moisés Ville"

(gracias por la foto, Guido Cervetti)



Presentación en el IWO

Presentación en el IWO: de izq. a der., Lichtenbaum, Guelbert, Sinay y Rubel.

Durante los varios meses (y años) en los que investigué las líneas de Los crímenes de Moisés Ville, lamenté frecuentemente que ya no existieran aquellos actos culturales de la vieja intelectualidad a los cuales habían ido tantas veces los autores de los libros que yo ahora leía como fuentes históricas.

Leí, por ejemplo, que en 1947, mi bisabuelo Mijl Hacohen Sinay fue honrado con una celebración de su cumpleaños número 70, c0n un acto en la Unión de Residentes Israelitas de Grodno y sus Alrededores en la Argentina (el landsmanschaft cuya revista, Grodner Opklangen, él mismo editaría entre 1948 y 1958). El IWO, el instituto en cuyo archivo trabajó Mijl en sus últimos años y en el que yo desandé el camino de estos 22 homicidios -entre otras cosas-, participó de la organización del acto.

“Qué lástima”, pensé. “Nunca veré uno de esos”.

Pero me equivoqué.

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Pájaros de Moisés Ville

Con el rocío de la mañana, el canto del campo.