¿Cómo se origina el proyecto de Una historia del libro judío?
​Toda investigación, o al menos toda investigación en la que uno ha tenido algún margen de decisión acerca del tema a indagar, tiene un componente biográfico. En mi caso esto fue claramente así. Tanto mi acercamiento inicial al tema, como el entusiasmo que acompañó las largas de horas de trabajo de archivo, lecturas y escritura que desembocaron en Una historia del libro judío, estuvieron motivados por un puñado de preguntas e intereses personales: ¿cómo se transmite una cultura en el tiempo y el espacio?, ¿de qué maneras los judíos argentinos recibieron y se apropiaron del abanico de ideas, valores, sensibilidades, afectos, que les permitió recrear una cultura judía en el país?,  ¿qué lugar tuvieron las corrientes políticas y culturales en ese despliegue, y de qué modo unas triunfaron sobre otras?, ¿qué papel tuvo y tiene la palabra escrita, y en especial la impresa, en la cultura judía?

Pero, claro está, estas preguntas no eran tan precisas antes de comenzar la investigación. Fue durante el trabajo de tesis doctoral que los interrogantes y las intuiciones que empujaban mi curiosidad fueron tomando forma y convirtiéndose en el compás de navegación.

De cualquier modo, tener una intuición inicial, e incluso reforzarla con algunas lecturas teóricas, no garantiza que el tema que uno imagina tenga el espesor suficiente como para convertirse en un tema de investigación en sí. El primer paso para comprobar si en efecto había algo que decir acerca del mundo del libro judío en Argentina, fue objetivar ese universo: identificar del modo más exhaustivo posible las editoriales y los editores que publicaron, los títulos editados, el país de publicación, los autores, las lenguas en que se escribieron esas obras, etc. Y de inmediato ampliar el campo de observación para incluir a aquellos actores sin cuya tarea el libro no hubiera existido o de haber existido no hubiera circulado: traductores, imprenteros, libreros, activistas comunitarios, entre otros. Esta tarea, que insumió una parte sustancial de mi trabajo, dio sus frutos. No solo se habían publicado e importado un número y una variedad apreciable libros, sino que emergían temas muy significativos que mostraban el dinamismo y la complejidad de ese mundo letrado: los circuitos materiales e intelectuales transnacionales; las implicancias de la lengua (ídish, hebreo y castellano) en la conformación de las opciones políticas, y culturales; los efectos de los avatares de la política nacional sobre la configuración de la vida judía; los cambios decisivos que el Holocausto primero y la creación del Estado de Israel provocaron en la producción cultural de los judíos argentinos; solo por mencionar los más relevantes.

Alejandro Dujovne

El libro adquirió un papel central en la supervivencia del judaísmo en la diáspora, pero ¿ha habido un “consumo argentino” del libro judío?
​El lector fue y es el eslabón más difícil de estudiar en la historia del libro. ¿Lo buscamos a través de las ventas?, sí, es una posibilidad, pero ¿qué pasa con la lectura en bibliotecas o la circulación de libros de mano en mano?, ¿cómo determinar eso? O bien, por qué no preguntarse si todo libro comprado era un libro leído. Y si queremos ahondar un poco más, e indagar los modos en que se leía, es decir, cómo se interpretaba aquello que se leía, la indagación resulta aún más compleja. Cada grupo social, político y cultural, y cada tiempo histórico, lee y se apropia de los libros de formas singulares. Pero difícil no es imposible: si bien no resulta posible recuperar ese universo en toda su complejidad, la información con que contamos nos permite esbozar algunas conjeturas que nos aproximan al universo de los lectores.

Así, por ejemplo, la existencia de una amplia oferta de libros sostenida en el tiempo por editoriales y librerías señala un consumo variable pero regular durante el período que estudié (1919-1974). Más aún, la apuesta de editoriales no especializadas en “libros judíos”, en la publicación de títulos de temática judía nos sugiere la existencia de una demanda que no era satisfecha por los sellos especializados. De todos modos, creo que uno de los aspectos más interesantes que en este sentido surgen de la investigación es que el arco de temas y posiciones políticas que circulaban a través del libro, es bastante más amplio y rico que lo que la memoria colectiva tiende a hacernos pensar. Las distintas posiciones políticas y culturales que alternativamente dominaron la vida comunitaria, no implicaron un alineamiento directo en los intereses culturales de los lectores judíos argentinos. Siempre hubo alternativas idiomáticas, ideológicas, culturales. Las disputas por el significado de lo judío encontraron en los libros uno de sus campos privilegiados de batalla.

Una historia del libro judío

¿En qué medida y cómo los esfuerzos (aislados y breves) por traducir al español algo de todo aquel enorme caudal editado en ídish resignifica hoy aquellos modos de circulación y lectura?
Me quedo con el paréntesis de la pregunta “aislados y breves”. El ídish, y en especial la producción argentina en esa lengua, que fue mucha, sigue siendo una terra incognita para los judíos argentinos (y no solo para los judíos). Resta aún un trabajo inteligente y sistemático que apunte a rescatar y revalorizar esa cultura impresa y junto con ella al universo de periodistas, escritores, actores, etc, cuya producción intelectual, artística y política se expresó en ese idioma. Sin ese extenso pedazo de historia, nuestro modo de pensarnos como judíos argentinos seguirá siendo necesariamente parcial, acotado, y por lo tanto pobre.

¿Qué podemos hacer los herederos de aquellos de hombres de cultura para continuar y honrar el camino?
​Acertadamente alguien llamó “grafómanos” a estos periodistas e intelectuales judíos que no podían vivir sin escribir y publicar. A lo que agregaría que, además, no podían vivir sin debatir, pelear, enojarse. El judaísmo argentino no se construyó sobre la base de la amable y feliz convivencia entre puntos de vista. Muy por el contrario, su vitalidad y pluralismo se ​fundaron sobre pasiones y convicciones, y sobre la firme creencia de que la palabra escrita era el medio para expresarlas. “Honrar el camino” es leer y escribir, en forma de libro o en cualquier otro soporte, es disputar sentidos, es no ceder a nadie porque sí, acríticamente, el monopolio del significado de lo judío.

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