Apuntes



Moisés Ville: la cúpula policial se renueva

La comisaría de la colonia tiene un nuevo jefe. Se llama Gustavo Burgos (es el tercero desde la izquierda, en la foto) y con las tiras de Oficial Principal reemplaza al Comisario Roberto D. Lemos, que ha sido trasladado a Monigotes, donde ahora ostenta el cargo de Jefe Zonal. A través de la lectura de la Resolución 003/2014, con un sencillo acto, Burgos tomó posesión del puesto. El Comisario Inspector Carlos O. Vallejos impuso la fórmula de rigor al nuevo jefe de la comisaría local , agradeció a los presentes, habló del compromiso de la policía para trabajar unidos a la comunidad y aclaró que el movimiento se produjo para la “refuncionalidad del servicio” y que no generará gastos a la provincia. Ampliar



Una mujer llamada Juana Waisman

A los 95 años, Juana Waisman fue la persona más cercana a uno de los crímenes con la que he podido conversar. Hija de Marcos (o Meyer) Waisman, nieta de Joseph Waisman, conoció de primera mano la historia de aquella familia masacrada en la noche fría del 28 de julio de 1897, cuando un grupo de bandidos llegó hasta la casa que habitaban —en la magnitud de los campos de Palacios— para pedir vino, robar y matar. El padre de Juana era entonces un niño de ocho años que tuvo la suerte de no encontrarse en el lugar del crimen. En cambio, estaba durmiendo en la casa de su abuelo, Froim Zalmen Waisman, en el pueblo de Moisés Ville.

Cuando visité a Juana en el geriátrico donde pasaba sus días —una casona en la que los pisos de madera crujían y los ancianos miraban sorprendidos a los visitantes, a poco andar del centro de la ciudad de Rosario—, ella me atendió con una torta de receta ídishe y me contó que había vivido, desde que nació en 1916, el auge y el ocaso de Moisés Ville, de donde se había retirado cuarenta años atrás, cuando comenzó a quedarse sola, sin más compañía que la de su esposo Santiago, el encargado de la usina eléctrica del pueblo.

—Aquí en Rosario somos del montón, pero ahí éramos alguien —me dijo.— Cada vez que salíamos de viaje nos hacían una despedida: irse de viaje era como un milagro, pero la condición con la que nos dejaban partir era que contáramos todo a la vuelta. Fuimos a Israel, a Hawaii, al Caribe… ¡Hay cosas tan lindas que no están escritas! Y ya después, cuando no vivíamos más ahí pero íbamos de visita, todas las puertas se abrían y de todas las puertas nos saludaban. Pero ahora no queda casi nadie. No, ya no… Esa es la historia de mi pueblo y ya me acostumbré. Después de tantos años… es así. Es todo verídico. Lo he vivido y no tengo cinco años.

Aquel Moisés Ville en el que Juana Waisman se crió no era ya tan violento como el pueblo que había visto morir a su abuelo.

En la década de 1920 la modesta casa-almacén donde había ocurrido aquel crimen múltiple comenzaba a convertirse en una ruina que a veces señalaban, a lo lejos, los descendientes de los asesinados. Entonces todo había cambiado: los gauchos y los colonos judíos mantenían esa relación amistosa y complementaria de la que surgió el gaucho judío, tan famoso por esas pampas.

—Los criollos hablaban el ídish mejor que nosotros; no había ni discriminación ni miedo —me dijo Juana—. Y por fonética entonaban los cantos hebreos en la guitarra: ¡in-cre-í-ble!

* *

El 4 de diciembre pasado presenté Los crímenes de Moisés Ville en la librería rosarina Ross. En la mesa me acompañaron el periodista y escritor Osvaldo Aguirre, la realizadora audiovisual Sonia Helman y la directora del Centro de Estudios Históricos e Información Parque de España, Carina Frid. En el público, varios hijos de la colonia que, como bien dijo uno de ellos (Jordan Mularz), nunca habían dejado de ser moisesvillenses, ni siquiera los que llevaban algunas décadas afuera.

En la presentación discutimos un largo rato sobre la vida en Moisés Ville —y también sobre la muerte—, y al día siguiente aproveché para visitar una vez más a Juana Waisman.

Que tenía ahora 97 años.

Y que seguía siendo una persona sabia y agradable, tanto como lo había sido cuando la había entrevistado en mi visita anterior.

Esta vez no quise saber sobre sus ancestros ni sobre los asesinatos en la colonia, sino sobre sus años, su vida, su vejez, su transcurrir. ¿Cuáles eran las conclusiones a las que había llegado esta longeva mujer que casi rozaba el siglo?

Algún tiempo atrás, Juana había tenido de la idea de poner una placa en la larga tumba de la familia Waisman, en el cementerio de Moisés Ville, para indicar en español los nombres de las víctimas del crimen de 1897, que estaban tallados en hebreo sobre el mármol erosionado.

—Nosotros sabíamos quiénes estaba ahí, pero las letras ya estaban borroneadas —me había contado dos años atrás—. Y yo, que iba al cementerio de Moisés Ville como una obligación, todos los años, entre Rosh Heshune y Yom Kiper, sentí que teníamos que poner esa placa.

La larga tumba de la familia Waisman.

De alguna manera, Juana tomó la responsabilidad de transmitir el legado de su familia hacia el futuro. Si las letras se estaban yendo con el viento o con el aprieto de leer una lápida en hebreo, ella en cambio había decidido hacer perdurar la historia y legarla a quienes alguna vez, en los días por venir, se la pudieran apropiar.

— Conviene siempre saber el origen: yo estaba orgullosa del mío —me dijo Juana en nuestra segunda conversación.

Me fui pensando en eso.

Tratando de entender en qué medida el origen de uno es, a la vez, el de todos.



Escribimos por amor y por la gracia que ilumina

Por Daniela Pasik

Daniela, de bebé, en brazos de su papá, Néstor.

Del prólogo de las Memorias de Gregorio Pasik, mi abuelo, padre de Néstor, mi padre, y bisabuelo de Fausto, mi hijo.

Para que mis hijos y nietas conozcan la historia de esta gran familia Pasik, cómo llegaron al país, cómo lucharon, sufrieron y progresaron, cómo fue haciéndose cada vez más numerosa. […] Para mis nietas, los primeros Pasik que pisaron tierra argentina fueron sus tatarabuelos, Abraham José Pasik y Scheindel Fuks de Pasik, que junto a sus bisabuelos, León Pasik y María Pilnik de Pasik, yacen en el cementerio de Basavilbaso. Sean estas Memorias un homenaje a ellos.

Yo me llamo Daniela y soy la tercera generación de Pasik nacida en Argentina. Mi bisabuelo León era ruso y vino en un barco al lugar más remoto posible: Basavilbaso, Entre Ríos. Ahí nació mi abuelo Gregorio, que para mí es el héroe de esta historia que le obligué a mi papá, Néstor, porteño, de Caballito, a escribir juntos. Los tres.

Ampliar



En Le Monde

El periodista y documentalista Paulo A. Paranagua firma una reseña de Los crímenes de Moisés Ville en el diario Le Monde. Se titula “La face cachée de l’immigration juive en Argentine : les crimes de Moisés Ville” (“La cara oculta de la inmigración judía en Argentina: los crímenes de Moisés Ville”).

En el texto logrado Paranagua se pregunta:

L’immigration n’a jamais été un long fleuve tranquille, elle a toujours été une épreuve, même dans les pays qui étaient demandeurs, comme l’Argentine. Derrière l’exaltation du melting pot qui s’ensuivit, combien de tragédies, combien de sacrifices?

(“La inmigración nunca ha sido un lecho de rosas, siempre ha sido un calvario, incluso en países que la buscaban, como la  Argentina. Detrás de la exaltación del crisol de razas que siguió, ¿cuántas tragedias, cuántos sacrificios?”).

La reseña se puede leer aquí.



La saga libertaria de Nute Gruer

Por Zulema Freiberg

Teresa Jaraz de Gruer con su nieto Mauricio Waisman

Cuando cumplí 50 años convoqué a mis seres queridos con un fragmento del poeta Armando Tejada Gómez (“Si alguien te preguntara cómo entiendo la vida y el amor, has de decirle que no creo en la muerte, que hace mucho salí a besar la frente de los niños”) a modo de metáfora sobre el modo en que sostenía, y sostengo, mi existencia. Los lazos transgeneracionales que me enhebran a un pasado siempre vivo y que interactúan con el presente se resignifican.

Soy bisnieta de Nute Gruer, el “rebelde” que viajó a París en 1897 junto a otros dos emisarios (Mordejai Reuben Hacohen Sinay y Abraham Braunstein) para defender los derechos de los colonos frente a la dirección de la Jewish Colonization Association y pedir la dimisión del administrador Michel Cohan. Y de su mujer, Tube/Teresa Jaraz.

Ampliar



Un periodista llamado Albert Londres

Por Christian Kupchik

Si en realidad existe una disciplina conocida como periodismo de investigación, entonces no parecería existir dudas sobre quién fue su creador: un francés llamado Londres, Albert para más datos. En él se sintetiza un estilo particular que habría de replantear no sólo un estilo periodístico, sino su función y sentido. Irónico, agresivo, agudo, escritor fantástico, erudito: un vagabundo en busca de vestigios. “Nuestro oficio no consiste en dar placer, como tampoco perjudicar a nadie; no consiste en estar a favor o en contra de algo, sino colocar nuestra pluma sobre la herida”. Esa fue su consigna, y le fue fiel hasta las últimas consecuencias. Y así se convirtió en un mito.

Ampliar



En Córdoba

Camera 360


Una “goldene keit” de trazo y color, por Pablo Smerling

Di goldene keit, por Pablo Smerling

Pablo Smerling lo hizo de nuevo: en esta segunda pieza (aquí se puede ver la primera), el ilustrador preferido del crimen nacional pone a Mijl Hacohen Sinay y a quien les habla en la escena de un homicidio moisesvillense.

Di goldene keit –la cadena de las generaciones– también está hecha por eslabones de color y trazo genial.

Y ahora esta ilustración cuelga en una de las paredes de mi casa :)



Una noche de cena de la Fundación Moisés Ville

En 1947 el Instituto IWO publicó, en su Argentiner IWO Shriftn IV, el artículo “Las primeras víctimas judías en Moisés Ville”, firmado por Mijl Hacohen Sinay. Es curioso: en ese mismo año un grupo de 15 hombres se juntó a cenar para cubrirse de la nostalgia que sentían por estar lejos de la colonia. Eran moisesvillenses, pero residían en Buenos Aires. Isaac Waxemberg, un muchacho que había dejado el pueblo hacía pocos años para estudiar en un colegio secundario porteño, estaba entre ellos.

Ampliar



En el rostro del inmigrante

Por José Juan Zapata

José Juan Zapata en la Casa Mudéjar, en Torreón

A punto de abordar un tren, camino en la estación de Retiro y contemplo las viejas estructuras de hierro de sus andenes, vestigios de un pasado monumental. El mismo fervor de privatizaciones de los años noventa que acabó con el esplendor del ferrocarril argentino, también terminó con el tren de pasajeros en México. La última vez que subí a un vagón de ferrocarril tenía quizá cinco o seis años. El hecho de volver a pisar un tren era un acto de hondas resonancias para mí. Había cercanía, pero también lejanía en el espacio y en el tiempo. Un tren en el sur, muy al sur, para recordar un pasado entrañable en el norte.

De mi infancia queda, guardado en un un librero en una casa de Torreón, un álbum fotográfico de pastas azules, lleno de fotos antiguas, amarillentas, donde aparecen mis padres -tan jóvenes como los recuerdo siempre- y yo -tan pequeño como no volveré a ser nunca-. Hay también tarjetas de felicitación, un pequeño almanaque del año 1984 y un curioso árbol genealógico que llenaron mis padres a mano.

Quería escribir algo sobre lo que representaba ser inmigrante en Argentina, como lo soy ahora. Pero por más que pienso, no puedo sino volver al pasado, a indagar así sea por unas líneas lo que significa venir de una pequeña ciudad del norte de México llamada Torreón.

Ampliar