Alan Astro lee su texto en la presentación, en Moisés Ville. Por Alan Astro (profesor, Trinity University, San Antonio, Texas; aastro@trinity.edu)

Voy a organizar mis reflexiones sobre el libro de Javier Sinay alrededor de unas cuestiones:

  1. – el ídish;
  2. – la desjudaización y rejudaización;
  3. – el género del libro;
  4. – la deconstrucción de la leyenda de los gauchos judíos.

1. Voy a comenzar por el ídish porque es sobre todo como idishista que leí el libro.

Fue fascinante ver cómo un joven judío desjudaizado va descubriendo el ídish.

Hacia el  principio del libro, aparece esta frase, de manera insistente: “Pero no, no leo ídish” (pág. 14); “Pero no. Repito: no leo el ídish” (pág. 19).

Debe tratarse del presente histórico, porque leemos en la página 124:

“Luché contra el ídish cuerpo a cuerpo: solo dos artículos estaban en castellano. Me armé con mi diccionario y con los apuntes que había tomado en clase, me deseé buena suerte y me lancé a una lectura ardua, críptica, ansiosa”.

Pero después viene, en un nuevo párrafo, las palabras: “El misterio del ídish siempre se hace desear”. Sigue un espacio blanco, como para sugerir que este deseo no puede realizarse.

Pero no es únicamente el caso de Javier Sinay; todos los idishistas nos encontramos en esa situación. A causa de la extinción de la lengua en su uso vernáculo, laico, cotidiano, esta se ha convertido en un objeto de deseo que nos escapa, que nunca logramos alcanzar completamente.

Para Javier Sinay, el ídish también es objeto de deseo, un deseo que no quiere realizar (quizá son estos los deseos más preciosos), que no quiere realizar en forma académica, como los idishistas de hoy en día que aprenden, ora mal, ora bien, la lengua y se obligan a hablarla entre sí.

Tampoco muestra nada de la más usual nostalgia por el ídish, una nostalgia algo cursi, sentimental, empalagosa. Javier Sinay es de la generación que puede ser plenamente postnostálgica, con un gran respeto al ídish, reconociendo su estado actual de legado.

Dije que no el autor de Los crímenes de Moisés Ville no es académico, pero condujo su pesquisa con tanta seriedad y competencia que se la he recomendado a estudiantes que querían saber algo sobre el ídish en Argentina. El libro puede servir de introducción a la temprana prensa de esta lengua en aquel país. De manera fidedigna, Sinay trae información de fuentes inaccesibles para los que no conocen el ídish, como el libro de Samuel Rollansky sobre la prensa, la literatura y el teatro ídish en Argentina, publicado en 1940. Tratando de periodismo, Sinay acaba por presentar datos sobre los comienzos de la cultura ídish de Argentina en general. Se ha escrito muy poco al respecto en castellano, o al menos poco que sea tan bien documentado como este libro.

La única carencia ya la he discutido con Sinay, y la traigo para mostrar que mi elogio está basada en una lectura crítica. Los pasajes reproducidos en letras hebraicas contienen demasiados errores, que les atribuyo a los correctores, o los cajistas (no sé si todavía se emplean cajistas, pero alguien involucrado en la producción material del libro). Sinay me ha prometido que para la cuarta edición intentará remediar esta insuficiencia, esta única gran insuficiencia (si se lo permite la editorial).

2. El tema de la desjudaización y rejudaización

Decir que Sinay llegó a ese tema con pocas luces no solo sobre el ídish sino también sobre el judaísmo o la vida cultural judía sería quedarse corto . Él cuenta cómo es acá, en Moisés Ville, donde asistió a su primer kabbalat shabbat, a los 30 años, más o menos.

El autor habrá aprendido mucho en un tiempo récord. Puede decirse que Los crímenes de Moisés Ville es una crónica de una rejudaización, de un aprendizaje; es una cuestión que trataré más al hablar del género del libro. Por rejudaización, no apunto ningún cambio de estilo de vida; dudo que un día Javier Sinay se convierta en judío religioso o activista de la cultura judía laica, aunque sí le ha aportado una contribución a esta. Más bien, le habrá incorporado a su ser un cuestionamiento, una inquietud, una conciencia de lo judío. También aquí hay algo de un deseo que el autor no quiere realizar. Es un deseo paradójico, pero no un deseo negado. Asume el deseo como deseo, marcando una laguna que no se trata de llenar, al menos ahora. Leo un pasaje que muestra lo abierta que queda esta cuestión de lo judío para él, apertura eminentemente respetable:

“Descendiente de un rabino, no he sabido en mi vida acerca de la liturgia judía más que por aproximaciones confusas. No es raro. A fin de cuentas, soy el perfecto heredero de cuatro generaciones que se han ido despojando de la religiosidad como si fuera la ropa vieja traída de Rusia. Signo de los tiempos: cien años de progresiva laicización. ¿Quién podrá juzgar a estas cuatro generaciones y luego a mí? ¿Mi bisnieto?” (pág. 247).

En vez de evocar un siglo “de laicización”, yo diría de desjudaización, ya que existe una cultura laica plenamente judía. El párrafo, no obstante, expresa una interrogación profunda, honesta y conmovedora.

La vitrina de libros del Museo de Moisés Ville.

3. El género del libro

Les he recomendado el libro a unos estudiantes, pero claro está que a pesar de su rigor, no es un estudio universitario. Es una pesquisa periodística, pero una de esas búsquedas que interrogan al buscador mismo. No únicamente en lo que atañe a la historia de la propia familia de Sinay, sino en lo que concierne a los cambios que la encuesta ha producido en él mismo. Es la crónica de una rejudaización, lo he dicho, de una concientización judía. Un libro de aprendizaje, un Bildungsroman no ficticio, escrito a la primera persona.

Igualmente, hay elementos que lo asemejan a otro género. Antes de avanzar, voy a decir claramente que los asesinatos perpetrados por los gauchos no constituyen un pogromo. Los gauchos nunca agredieron a los judíos por judíos, sino por extranjeros ajenos a su modo de ser. Pero el libro relata sucesos de un carácter particularmente sangriento y total, como la matanza de una familia entera, incluso los niños de edad muy baja, nada más por robar, o ni siquiera, ya que un bebé no podía impedir un latrocinio. Tal barbarie me recuerda las escenas más crueles que he leído en narrativas de pogromos, tales como la excelsa novela corta Der tseylem (“La cruz”) de Lamed Shapiro. Mordejai Alpersohn, cuyas memorias de la vida agrícola y de los combates con la Jewish Colonization Association deben ser muy conocidas en Moisés Ville, incorpora el tema de los pogromos a las colonias agrícolas en su obra de teatro Goles y en su novela El linyera, recientemente traducido por Ethel Gater (editorial Shalom Buenos Aires, 2012).

Me permito hacer esta analogía con los pogromos porque Sinay sugiere otra aun más audaz:

“Mijl Hacohen Sinay escribió ‘Las primera víctimas judías en Moisés Ville’ en 1947, medio siglo después del desarrollo de los hechos. Después de la guerra, el recuento de esos crímenes también era una manera de hablar de un presente en el que el crimen masivo lo ensombrecía todo. El texto de mi bisabuelo parecía llegar en su momento justo”. (pág. 259).

Es decir, hoy en día, cuando hablamos de judíos asesinados de manera repetida, la Shoá está allí, en el fondo. Por diferente que sea la escala de los sucesos, Los crímenes de Moisés Ville puede insertarse en la serie de investigaciones llevadas por descendientes de aquellos que perecieron en el exterminio nazi. Escuchamos en este libro la misma interrogación de un pasado que se vuelve cada vez más remoto, las mismas deliberaciones sobre las razones íntimas que motivan y acompañan la pesquisa: elementos que se encuentran en Los hundidos de Daniel Mendelsohn, W de Georges Perec y Maus de Art Spiegelman.

4. La deconstrucción de la leyenda de Los gauchos judíos

Todos los presentes en esta presentación de Los crímenes de Moisés Ville debemos conocer el pasaje de “El indigno” de Borges, donde el protagonista declara: “No sé si ya le he dicho alguna otra vez que soy entrerriano. No diré que éramos gauchos judíos; gauchos judíos no hubo nunca. Éramos comerciantes y chacareros”. Los que hemos leído las memorias de Alpersohn y otras obras ídish sobre las colonias agrícolas sabemos la parte de invento que hay en Los gauchos judíos de Alberto Gerchunoff. La inverosimilitud de ese libro le ha permitido a Mario Szichman satirizarlo rotundamente en Los judíos del Mar Dulce, de manera algo injusta: Gerchunoff se servía de la figura del gaucho para mostrar a los judíos bien arraigados en Argentina y así legitimar su presencia. El mismo autor no era víctima de ninguna ilusión al respecto, ya que su propio padre fue asesinado sin motivo alguno por un gaucho ebrio, suceso que resultó en el traslado de la familia a Buenos Aires cuando él tenía nada más ocho años. (Véase al respecto el estudio de Edna Aizenberg, Parricide on the Pampa? [Iberoamericana, 2000]).

Así que la leyenda de los gauchos judíos ya no necesita contradicción. Javier Sinay aporta más bien precisiones y matices concernientes a la enemistad que pudo existir entre gauchos y judíos. Quiero terminar evocando el acontecimiento que el autor relata acerca de unas galletas con las cuales un gaucho creía haber comprado a una muchacha judía. En la contienda que resulta entre el gaucho y los judíos, uno de estos es asesinado, y los restantes matan allí mismo al gaucho. Que esto sea venganza, linchamiento o autodefensa judía, el caso ejemplifica todo lo poco conocido que revela el libro de Javier Sinay.

Alan AstroAlan Astro leyó este texto en la presentación de Los crímenes de Moisés Ville, el 26 de julio de 2014, en el  Museo Histórico Comunal y de la Colonización Judía «Rabino Aarón Goldman», de Moisés Ville. 

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Un Comentario to “Crónica de una rejudaización”
  1. Carlos Ardavin

    Un placer leer tu prosa en castellano… Trato de leer en S. Antonio este libro. Gracias, amigo.