Foto de Leo Vaca y Res, para Infojus Noticias. Fuente: http://amia.infojusnoticias.gov.ar/

Hace veinte años, cuando el edificio de la AMIA cayó con el atentado de 1994, entre todo lo que se perdió estaba también el único ejemplar que se conservaba del primer diario judío de la Argentina: el Viderkol, de marzo de 1898. El diario se guardaba en el IWO, que funcionaba en el tercer piso del edificio de Pasteur 633.

En esos días, con las brasas del atentado a la AMIA todavía humeantes, la profesora Ester Szwarc —que muchos años después se convertiría en la Directora Académica del IWO— juntó un equipo de alumnos y amigos para subir a rescatar los libros del Instituto. Algunas páginas todavía se veían entre los escombros y en las zonas deshechas que no se habían derrumbado. En la madrugada que dio inicio al viernes 23 de julio de 1994, cinco días después del estallido, la profesora —delgada y clara, a la vez frágil y ágil, rematada en un carré azabache— comenzó la tarea: trepó con su grupo hasta el segundo piso con una escalera, se apoyó en una cornisa y saltó ligeramente para entrar al tercero —un escenario de ruinas—, que ganó cruzando el marco de una ventana.

Mucho de lo que he podido descubrir sobre los crímenes de Moisés Ville ha salido de algunos de esos libros, que, a pesar de haber volado por los aires con la bomba, hoy se guardan en los estantes de la nueva sede del IWO, como en una segunda vida. Una alquimia mágica pareció haber bendecido a estas ediciones: cincuenta o aun cien años después de haber sido publicadas, permanecieron indestructibles ante el estallido.

Durante varios días, la profesora Ester Szwarc trabajó con una organización precisa: un grupo de seis, diez, quince o veinte llegaba hasta el piso que el Instituto había ocupado en el edificio destruido y recogía de entre los escombros todo lo que podía. Luego, a través de una cadena de manos que recorría ciento veinte metros, se enviaba el material a la calle, donde era acumulado en algunos volquetes que después se descargaban en un local vacío situado en Scalabrini Ortiz y Corrientes, cedido por el padre de una alumna. Si faltaba gente se organizaban dos cadenas: los mismos que la iniciaban en las alturas la terminaban en el nivel cero, al ras de los restos y las piedras.

Ester Szwarc / Foto: La voz del interior

Al cumplirse el primer mes del atentado, el 18 de agosto de 1994, una enorme manifestación se concentró en la AMIA y marchó a Tribunales. Cuando la gente se fue, la profesora Szwarc puso un pie en la sala del museo, que no se había derrumbado del todo, e inició el rescate de los cuadros de Maurycy Minkowski, cuyas imágenes típicas de la vida de shtetl permanecían a la intemperie, y de los instrumentos musicales de Jevel Katz (una mandolina fue salvada cuando a alguien se le ocurrió improvisar una caña de pescar para engancharla y rescatarla de entre los hierros retorcidos). Hasta que lograron retirar las pinturas de Minkowski, Ester se trepó cada noche a una viga desde la que les arrojaba un nylon azul para protegerlas de los vientos y las lluvias.

En cuanto al Viderkol, su pérdida parece, al menos, reparable: en 1997 el IWO mostró sus colecciones en la Biblioteca Nacional, en el marco de una exposición sobre la reconstrucción que siguió al ataque, y exhibió aquel diario —su anticuado estado requirió que se lo montara en papel japonés—. Pero luego se perdió su pista, en medio de la anarquía que lo confundía todo en aquellos años.

Algún día, no lo dudo, volverá a aparecer.

Viderkol, numero 1, marzo de 1898

Etiquetas: , , ,