Una de las primeras tumbas del cementerio de Moisés Ville

Un ladrido lejano rasgó la oscuridad que lo envolvía todo; Ludmer, el colono, no le tenía miedo a los fantasmas.

Al contrario, sabía que su misión era la que le correspondía moralmente a un hombre como él: no podía permitir que aquel que había sido su amigo y que ahora estaba muerto yaciera en un cementerio ajeno a su fe. Tampoco le importaba correr el riesgo de ser atrapado en plena tarea; debía cumplir con su conciencia.

Ludmer trabajó en el cementerio, en el medio del campo, durante un largo rato, en silencio, jadeando a veces por el esfuerzo, clavando la pala mil veces y mil veces retirándola cargada de tierra. Hasta que por fin tocó algo duro: era el cajón. Sus estimaciones eran correctas. Era su compadre, bajo tierra.

A palazos cargados de tierra le haría justicia –algún tipo de justicia.

Y entonces pasa un siglo. Y algunas décadas más.

Y en un día primaveral del año 2013 el médico Eduardo Ludmer cuenta, desde la ciudad de Rosario: “soy descendiente de Joseph Ludmer y de Brana Matusevich, viajeros del Wesser, fundadores de Moisés Ville”, y dice que su padre, José Raúl Ludmer, le habló varias veces de aquel episodio en el que uno de sus ancestros –uno valiente– penetró de noche en un cementerio cristiano para desenterrar al compadre judío que había sido muerto por un bandido (¿en Monigotes? ¿En Palacios?) y enterrado pocas horas después.

El colono lo sacó de debajo de la tierra y se lo llevó en un carro, antes del alba, al cementerio de Moisés Ville. Allí le dio sepultura según su propio rito.

“Mi padre lo contaba como una hazaña de gran valor y coraje”, concluye Eduardo Ludmer.

La historia se puede corroborar en alguna de las tumbas del cementerio de Moisés Ville. Vaya uno a saber en cuál.

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