Toker, en su casa de Barrio Norte

Toker, en su casa de Barrio Norte

Estoy preñado de imágenes en idish
que estallan una a una en mi memoria
y sobre los rostros transeúntes
recuperan por momentos los rasgos de mi madre.

Aprovechándome de su muerte
pretendí encerrarla en un larguísimo poema
por encuadernar el desgarrón de su ausencia;
pero la memoria sublevada
en cualquier momento me golpea
con sus ojos tristes, con su sonrisa ácida,
con el calor contenido de su mano ensimismada.
Llevo su recuerdo entre tres paredes
que son de pronto las del cuarto de hospital
con cuya luz insegura se fuera consumiendo,
y de pronto son las de su cocina iluminada.

Maquinalmente remonto con ella la memoria
como si por una calle vertical
me echara a desandar mis caídas,
detenida la curva del vuelo en las manos,
tomado del aire de unas viejas palabras.
Ando por los libros judíos como por casa;
tomo a los poemas por bandadas
que se entregan mansamente en mis manos
y levantan conmigo vuelo en otro idioma,
desplegado todo el aliento de sus alas.

Porque aunque a veces me rehuyan,
siguen a mi lado aquellas palabras
con que me amamantaban los pechos de mi madre.
Ando entre ellas como entre hermanas,
como entre amigas sabias.
El ídish me rodea, me sostiene,
me despliega con la forma del vuelo;
de cada una de sus voces me enamoro
y cada una me deja sobre los labios
el sabor de su más callada sustancia.

Este poema se encuentra en el libro Lejaim (Ediciones de la Flor, 1974)

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