VAPOR WESER

El vapor Wesser (o Weser) ya está en el mar.

En un mes de julio –en 1889– zarpó desde el puerto de Bremen hacia Buenos Aires, llevando un grupo de alrededor de ochocientos migrantes judíos rusos, inminentes fundadores de una colonia que se llamaría Moisés Ville.

“Una proa negra, blanca y roja (como la bandera del Kaiserreich, el imperio alemán que se erigía en el centro de Europa desde 1871) cortó las olas del océano Atlántico con bravura y suficiencia a lo largo del mes de julio de 1889, en condiciones de navegabilidad óptimas: era la proa del vapor Wesser”, dice en el capítulo 1 de Los crímenes de Moisés Ville. “La nave, que unía las costas europeas con las orillas americanas varias veces al año, había zarpado por primera vez el 1° de junio de 1867, con un viaje de Bremen a Nueva York. Pesaba 2.870 toneladas y tenía 99,05 metros de longitud y 12,19 de ancho; viajaba a 11 nudos con dos mástiles para velas y una chimenea; llevaba 60 pasajeros en primera clase, 120 en segunda y 700 en bodega; e integraba su tripulación con un centenar de marineros. En julio de 1889 el Wesser navegaba con varios pasajeros rusos. Había zarpado una vez más desde Bremen, el puerto más grande de Alemania, y tenía por destino un punto muy al sur que rápidamente se había transformado en una plaza frecuente para la emigración europea. Buenos Aires”.

El vapor viajó 35 días y pasó a la historia: así como el Mayflower llevó a los primeros colonos ingleses a las costas americanas, el vapor Wesser trajo a la Argentina en sus cuatro pisos (y aun más: el pasaje desbordó la capacidad y algunos se animaron a viajar en cubierta) a los primeros colonos judíos.

Hace unos días, Anita Weinstein me mostró la réplica del barco (en la imagen de arriba) que exhibe en su oficina del Centro de Documentación e Información sobre Judaísmo Argentino Marc Turkow. En el Museo Judío de Buenos Aires hay otra réplica, diseñada por el modelista naval Héctor Camilleri, que aquí abajo posa en su taller:

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“Uno de los primeros directores del Museo Judío, el arquitecto Uriel Sevi, me contactó porque sabía que yo era modelista naval”, explica Camilleri. “Camilleri”, le dijo, “¿Usted se anima a hacer una réplica del primer barco que vino?”. “Sí, cómo no”, le respondió él, “pero ¿dónde están los planos?”. “Ah, es una buena pregunta. No los tengo”. “¿Y ahora?”. No hubo respuesta.

Camilleri tuvo que buscar los planos: primero exploró en Internet acerca de astilleros de Hamburgo de la década de 1890 y después de dar con el indicado, logró entrar en contacto. Así, recibió daguerrotipos del Weser tomados en tierra, mientras estaba siendo construido. “Yo no lo podía creer”, dice. En base a esas fotos él mismo hizo un plano en escala 1:70.

 ¿Cuánto tiempo le llevó armarlo?
Cuatro meses largos. Usé madera, todo madera: pino, cedro, maderas comunes que encontré, lo que hubiera. Primero hice un plano con todas las secciones: tuve que estudiar bien las proporciones y las escalas del daguerrotipo. Incluso los colores, que no estaban en el daguerrotipo, porque era en blanco y negro. Pero supe que el barco era negro y rojo porque en los fax que nos enviaron desde Hamburgo nos lo indicaron así. También tuvimos que averiguar cómo era la bandera austrohúngara, y algunos historiadores de la colectividad me ayudaron.

¿Cuál es el secreto para armar una réplica?
Hay que tener buenos planos. En este caso fue bravo, porque tuve que imaginar, antes que nada. Pero me salió bien porque los daguerrotipos tenían muy buena definición, porque no la impresión no era sobre película de celuloide sino sobre placas de vidrio de 18 centímetros por 24. ¡Hasta los remaches se veían!

¿Dónde aprendió el arte?
De chiquito. Mi padre tenía un crucero de nueve metros en San Fernando y siempre me gustó todo lo que flotara. Todos los fines de semana nos íbamos a navegar al Tigre. Con los años, hice un montón de réplicas, incluida la Fragata Libertad.

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