Por José Juan Zapata

José Juan Zapata en la Casa Mudéjar, en Torreón

A punto de abordar un tren, camino en la estación de Retiro y contemplo las viejas estructuras de hierro de sus andenes, vestigios de un pasado monumental. El mismo fervor de privatizaciones de los años noventa que acabó con el esplendor del ferrocarril argentino, también terminó con el tren de pasajeros en México. La última vez que subí a un vagón de ferrocarril tenía quizá cinco o seis años. El hecho de volver a pisar un tren era un acto de hondas resonancias para mí. Había cercanía, pero también lejanía en el espacio y en el tiempo. Un tren en el sur, muy al sur, para recordar un pasado entrañable en el norte.

De mi infancia queda, guardado en un un librero en una casa de Torreón, un álbum fotográfico de pastas azules, lleno de fotos antiguas, amarillentas, donde aparecen mis padres -tan jóvenes como los recuerdo siempre- y yo -tan pequeño como no volveré a ser nunca-. Hay también tarjetas de felicitación, un pequeño almanaque del año 1984 y un curioso árbol genealógico que llenaron mis padres a mano.

Quería escribir algo sobre lo que representaba ser inmigrante en Argentina, como lo soy ahora. Pero por más que pienso, no puedo sino volver al pasado, a indagar así sea por unas líneas lo que significa venir de una pequeña ciudad del norte de México llamada Torreón.


“A mí la historia de nuestra ciudad me parece muy romántica”, dice mi madre, y es que ella, como todos los torreonenses, sabía lo que nos contaron siempre: que Torreón se formó con inmigrantes españoles, chinos, árabes, judíos, ingleses, estadounidenses, llegados al calor del ferrocarril porfirista de fines del siglo XIX a hacer negocios. De donde un par de décadas antes sólo existía una pequeña estancia agrícola, surgió una ciudad cosmopolita, con tranvías, fiestas españolas, lavanderías chinas, comida libanesa y empresarios ingleses. Pero yo no me siento incluido del todo en ese relato fundacional. No me apellido Murra, Lack o Issa, ni mis antepasados han venido de tan lejos. Las costumbres de mi familia, como muchas de clase trabajadora de Torreón, pasan por cosas más sencillas, como comer en las fiestas religiosas la reliquia, un plato de asado -carne de cerdo con salsa de ají rojo- acompañado de pastas.

Arreglo de durmientes del tranvía en la vieja Torreón (http://www.internetual.com.mx/llama/antiguas.htm)Años después, un historiador torreonense, Sergio Corona, indagó en su obra La Comarca Lagunera, constructo cultural que algunas de nuestras tradiciones venían también de muy lejos, pero en el tiempo; y venían de la otra inmigración, la nacional, de raíces tlaxcaltecas, ese pueblo indígena que aliado con los españoles no sólo derrotó a los aztecas sino ayudó a colonizar el norte, notablemente a la ciudad de Zacatecas. Y que más adelante, llegarían hasta la región de La Laguna, donde surgió la ciudad de Torreón. Por eso en mi ciudad, al igual que en Zacatecas, se come reliquia, y por eso en nuestra habla usamos algunos nahuatlismos que no se escuchan en otro lugar del norte.

Los relatos fundacionales no se excluyen, sino que se complementan. Comparten ciertos lugares en el tiempo y en el espacio. Son relatos de migraciones, de búsqueda de prosperidad por medio del trabajo, como los de muchos lugares del mundo, y quizá por ello hay algo en nosotros, los torreonenses, que nos lleva inevitablemente a hacer las maletas.

Así, con el tiempo me fui a Monterrey, una ciudad cercana, a hacer estudios universitarios y a profundizar mi labor como periodista, y con el tiempo, de nuevo, los mismos estudios me trajeron al otro lado del mundo, a la Argentina, a Buenos Aires, desde donde miro a la distancia mi origen.

No puedo decir que mis dos migraciones han sido fáciles; no lo han sido. Como no lo fueron tampoco las de los extranjeros y nacionales en mi ciudad natal, víctimas de la violencia de la Revolución.

A pesar de las dificultades naturales de cualquier migrante, debo decir que no estaría aquí sin el espíritu de apertura que impera en la república Argentina; política que me sigue sorprendiendo en estos tiempos de visas, fronteras cerradas y limitaciones al extranjero. No es casual que las oficinas de la Dirección Nacional de Migraciones sigan en el mismo lugar que hace cien años, en el puerto, con el edificio del Hotel de Inmigrantes de fondo, como recordatorio de ese eje fundamental de su historia.

No digo que sea así para todos. Si hay algo que debemos recordar siempre, no sólo en la Argentina, sino en todos lados, es que el otro también es uno mismo. El centroamericano que cruza un México agreste en busca de llegar a Estados Unidos. El africano en la patera navegando el mediterráneo hacia Europa. El haitiano en República Dominicana. El boliviano en las calles de Buenos Aires. En el rostro de todo inmigrante está marcado nuestro propio pasado, en el que un abuelo o un bisabuelo metió el baúl en un barco o en un tren, y buscó una vida mejor.

Y hay algo que nos lleva a migrar. A despertarnos con la inquietud de cómo sería nuestra vida si nos fuéramos de repente, si empezáramos de cero en otro lugar. O cuando la vida que llevamos se vuelve intolerable y no queda otra solución. Hay tanto que podría decirse. Pero cada quien es responsable de desempolvar su historia personal. Y vuelvo a esa cita de Gerchunoff: “las noticias de América llenaban de fantasía el alma de los judíos”.

Lo mismo podría repetirse en otros lados, con muchos otros nombres, y otras tantas añoranzas.

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