Ilustración: Decur

El sábado 7 de febrero de 1925, poco antes de las diez de la noche, un grupo de trece inmigrantes judíos provenientes de Europa del Este se embarró los zapatos en la orilla empantanada del río Uruguay.

Los trece –hombres, mujeres, niños y un bebé– se resignaron al fango mirando hacia el oeste: más allá del río, en la oscuridad, las luces chispeaban en el viento como luciérnagas. Esa era la ciudad de Concordia, en Argentina. La ciudad uruguaya de Salto, al otro lado y de donde ellos habían partido un instante antes, no era más que un pueblo chico. Los trece, que habían comenzado el viaje en un sitio tan lejano como Odesa, estaban ya cerca del destino final: Buenos Aires, Argentina, Buenos Aires, América.

Isaac Schtivelband, en una fotografía aparecida en el diario Di Ydische Zaitung el 12 de febrero de 1925

Isaac Schtivelband, de boina y corbatín, tenía entonces veinte años, la cara alunada, las orejas grandes y la boca pequeña. Hijo del sastre Salomón, había nacido en 1904: siendo un niño había pasado el hambre de la Primera Guerra Mundial y siendo un muchacho había pasado el de la guerra civil que siguió a la Revolución de Octubre. Cuando se decidió por América, le dijo a su padre que él se adelantaría, trabajaría, juntaría dinero y pagaría los pasajes para el resto de la familia.

Su sobrina, Beatriz Schtivelband, se acercó a mí con un recorte del diario Di Ydische Zaitung, del 12 de febrero de 1925. Quería contarme la historia de su tío, que no fue un hombre famoso ni rico, pero que esa noche selló su destino para siempre al tomar un rol heroico en el episodio que terminaría con diez inmigrantes –de esos trece– muertos.

La crónica completa fue publicada por la revista Letras Libres, de México, y se puede leer aquí.

 

 

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