“Yo, en cambio, todavía me pregunto cuándo fue que elegí mi destino”: esa es la línea final del capítulo 10 de Los crímenes de Moisés Ville. Allí la duda está puesta en relación con un incidente que evoca Mijl Hacohen Sinay, mi bisabuelo, cuando describe cómo fue que tuvo la idea de lanzar un diario y convertirse en periodista:

Caminaba solo por la calle, antes del mediodía, con pasos medidos, sin apuro, yendo a ningún lugar en especial, pensando en mi destino y posiblemente en nada más… Y así, en una calle repleta de caminantes, de obreros, de comerciantes, todo me parecía bello y a la vez original. Mirando las vidrieras adornadas y los tranvías que pasaban llevando caras extrañas me asombraba por la soledad y por la vida que se me avecinaba, que me traía en ese momento tanta preocupación pues no tenía ningún trabajo, cuando de pronto vi que iba corriendo un canillita con un paquete de diarios debajo del brazo. Sin querer puse mis ojos en él, que con un inesperado salto trepó a la plataforma del tranvía en movimiento, y escuché su voz ronca y melodiosa: “¡La Prensa! ¡La Nación!”. Me quedé parado. Y como un rayo me atravesó una idea.

Ahora, la psicóloga Mónica Santcovsky tiene una hipótesis para responder, desde el psicoanálisis, esa pregunta.

Dice:

“Jacques Lacan te puede ayudar. Él divide al inconciente en tres: el imaginario (los enunciados que pronunciamos y que hacen que nos entendamos; es la dimensión más significativa del lenguaje, la que tiene sentido), el simbólico (es el sentido que tiene para cada uno tal episodio o personaje de su vida) y el registro real (que es la clave y lo más difícil de descubrir en un paciente, y que especifica aquello de las palabras o de los significantes que se reduce sólo a un fonema, a un sonido, a una letra: esa letra o fonema es lo más ‘sin sentido’ del lenguaje, pero marca a cada uno más allá del sentido porque a veces elegimos un nombre o una relación amorosa o una profesión ya que algo nos resuena de esa letra que está en el núcleo de nuestro inconciente y no lo sabemos).

“Vos portas una letra J, que está en tu nombre propio y que es la misma que la de tu bisabuelo Mijl y que la de tu tatarabuelo Mordejai. Esa letra te empuja a elegir cada día más tu profesión. Tu tío Sergio también la tiene en su sonido. La J es además una letra muy especial en el idioma hebreo, que se pronuncia muy fuerte y que tiene una connotación muy especial.

“La J es una letra que se repite y que se transmite casi sin saberlo.

“Una de las letras más importantes del alfabeto hebreo es la H (o, en su sonido, J), que es una de las letras de Dios (Yahveh) y que es impronunciable. Así aparece en la Biblia: cada vez que se nombra a Dios, se dejan espacios vacíos. Josué es el nombre de Jesús, Jerusalén es el nombre de la tierra que lleva las Tablas de la Ley. Quizás la H/J no es la letra más importante, pero tiene una incidencia en muchas palabras y convoca a una pronunciación distinta entre árabes y zabras.

El alefbet, alfabeto hebreo.

“En tu historia parece ser la J la que marca tu destino y esa búsqueda a los orígenes, a lo profundo.

“El inconciente en lo real tiene una atracción en cada uno que es desconocida por el Yo, una atracción que sólo es “conocida” por nuestro inconciente y que cuando se enuncia, se despliega una historia que el mismo paciente desconoce.

“No de casualidad, Lacan estudió la cabala”.

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