Ingue Kanzepolsky, en una visita al cementerio de Moisés Ville.

Ingue Kanzepolsky, en una visita al cementerio de Moisés Ville.

– Al judío se lo respeta mucho y es todavía el empuje del pueblo, a pesar de que ya no es como aquel canto de Jevel Katz que decía que hasta el comisario era judío. No hay tal cosa ahora, pero tampoco va a haber ninguna iniciativa que no cuente con la participación de un judío –dice Abraham Kanzepolsky, mejor conocido aquí como “Ingue”, que en ídish significa “muchacho”… aunque tenga más de 80 años.

Ingue es un fino conversador, un hombre franco que no le teme a las versiones extraoficiales de la historia y un anfitrión generoso que acepta con gusto la charla con los forasteros que llegan a Moisés Ville en busca de respuestas. Por supuesto, no soy yo el que lo reconoce cuando se abren las puertas del bar Leshanto y aparece, sino él a mí. Ingue cubre su cabeza con una boina y se mueve despacio, con cuidado, para llegar hasta mi mesa y presentarse con una sonrisa. Se quita la boina; una esmerada raya divide sus cabellos plateados.

Aquello que señala Ingue se nota en cada esquina: Moisés Ville es un lugar donde el viejo judaísmo todavía está vivo y se muestra con orgullo. Es más: contra lo que yo hubiera esperado, el ídish también se sigue escuchando. Hay pequeños refranes, palabras que se cuelan y apodos como el de Kanzepolsky. Por otro lado, el hebreo se enseña a los niños de la comunidad. Y se trata al judío con respeto, con tanto respeto que su nombre casi no se menciona: los judíos se llaman a sí mismos “paisanos” y son mencionados por los demás como “hebreos”, en una costumbre antigua y amable.

Hoy la de Moisés Ville es una sociedad orgullosa de su herencia. Porque si algunos pueblos hospedan a la Fiesta Nacional del Chancho Asado con Pelo, de la Esquila o de la Alfalfa, aquí se le da lugar a la Fiesta de la Integración Cultural –y, por supuesto, hay una Reina de la Integración Cultural. Pero durante mi visita, la Reina de la Integración Cultural no es judía. Y no es raro. Aquí se escuchaba, hasta no hace mucho, una expresión sencilla y vox populi que respondía a la pregunta por el éxodo de los descendientes judíos: “Sembramos trigo y cosechamos doctores”, decían las madres de los hijos argentinos –de primera, segunda o tercera generación- que partieron de a cientos hacia las grandes ciudades en busca de educación superior, de comodidades modernas y de oportunidades laborales. Por otro lado, para los inmigrantes que nunca habían trabajado la tierra, la vida del campo era realmente dura. Entre los primeros colonos, dos tercios se habían ido a fines del siglo XIX. Luego, muchos de los jóvenes moisesvillenses marcharon tras su propio ideal, que era el mismo que habían traído sus ancestros a estas pampas, pero renovado en el desagravio de la historia con la construcción del Estado de Israel.

Ingue Kanzepolsky fue de los que se quedaron, pero admite que él también pensó en irse alguna vez a Israel.

– En realidad, era una tía la que me insistía –dice ahora, y echa un manotazo al aire.

Kanzepolsky se desempeñó como contador y profesor de Matemáticas, y también como hombre de campo. Todavía trabaja la antigua chacra de la zona de Wavelberg (doce kilómetros al norte del pueblo) que perteneció a su abuelo, Froim Enah Hacohen Kanzepolsky, un colono que la JCA trajo desde Lituania con el alba del siglo XX. En ese mismo campo Ingue vivió de niño: su padre cosechaba, su madre ucraniana criaba aves y su hermana (una futura profesora de Matemáticas que se radicaría en Buenos Aires) ayudaba en las tareas domésticas. Había vacas y gallinas, árboles y horizonte, sulkis y caballos, y aparte del ganado se sembraba lino.

El joven Ingue Kanzepolsky, futuro profesor de Matemáticas y contador público.

El joven Ingue Kanzepolsky, futuro profesor de Matemáticas y contador público.

– ¿Nunca viste una cosecha? –pregunta ahora, y su rostro se ilumina.- El lino es hermoso: cuando florece es celeste. Así que ver un campo de lino es como ver el cielo.

Ni siquiera en las épocas más difíciles faltó de comer en esa chacra. Después, cuando el niño Ingue llegó a cuarto grado, la familia dejó el campo y se mudó al pueblo para mandarlo a una escuela más grande. Así Kanzepolsky creció en la Moisés Ville que era “un estado judío”, como cantaba Jevel Katz, y asistió a los cursos que los propios colonos dictaban en la sinagoga.

– Ellos no eran tan religiosos, pero traían muy metidos los hábitos de Europa –evoca ahora.- Por eso no era una cosa tan extraordinaria el estudio: ¿cómo no íbamos a estudiar?

Aquel pueblo mágico, que perdura en la memoria de este hombre, jamás podría haber imaginado la merma actual de judíos. Pero no hubo modo de evitarla, ni siquiera en su tímida cadencia.

– Nadie se dio cuenta de que estaba ocurriendo, porque éramos una mayoría abrumadora en lo económico y en las instituciones, ¿sabés? –sigue él.

Y vive solo, Kanzepolsky, porque sus dos hijos también se fueron. Habita una casa de techos altos y ambientes espaciosos con un porche para tomar el té y ver pasar a los vecinos, una casa donde también vivieron sus abuelos y sus padres.

– A mí las cosas se me deslizaron como un cuento que le ocurre a otro –considera al final, un poco extrañado.

Y habla de la chica que conoció en el casamiento de una de sus primas, aquella noche en que una tía se la quiso presentar y él le respondió “Tía, no me molestes, si yo voy a conocer a una mujer será por las mías”, para terminar sentándose de pura casualidad al lado de la candidata misma, y decirle, pícaro, “Póngase la servilleta”, antes de comenzar con el galanteo. Aquella candidata se convirtió en su esposa y ahora, después de un largo matrimonio y de una separación, es su ex mujer y vive lejos, fuera del pueblo. Pero Ingue no se siente solo. Quizás porque en Moisés Ville todos se enteran de lo que le ocurre al otro.

Froim Enah Hacohen Kanzepolsky, el abuelo lituano de Ingue, fue colonizado por la JCA.

Froim Enah Hacohen Kanzepolsky, el abuelo lituano de Ingue, fue colonizado por la JCA.

Etiquetas: