Presentación en el IWO: de izq. a der., Lichtenbaum, Guelbert, Sinay y Rubel.

Durante los varios meses (y años) en los que investigué las líneas de Los crímenes de Moisés Ville, lamenté frecuentemente que ya no existieran aquellos actos culturales de la vieja intelectualidad a los cuales habían ido tantas veces los autores de los libros que yo ahora leía como fuentes históricas.

Leí, por ejemplo, que en 1947, mi bisabuelo Mijl Hacohen Sinay fue honrado con una celebración de su cumpleaños número 70, c0n un acto en la Unión de Residentes Israelitas de Grodno y sus Alrededores en la Argentina (el landsmanschaft cuya revista, Grodner Opklangen, él mismo editaría entre 1948 y 1958). El IWO, el instituto en cuyo archivo trabajó Mijl en sus últimos años y en el que yo desandé el camino de estos 22 homicidios -entre otras cosas-, participó de la organización del acto.

“Qué lástima”, pensé. “Nunca veré uno de esos”.

Pero me equivoqué.

Los crímenes de Moisés Ville es, aparte de un libro, una propuesta que tomada por los lectores deriva en acontecimientos siempre gratificantes, muchas veces reveladores.

La presentación en el IWO –a cargo de Abraham Lichtenbaum (director general del Instituto), Eva Guelbert de Rosenthal (directora del museo de Moisés Ville) y el investigador Yaacov Rubel, el 12 de noviembre pasado– tuvo mucho de aquellos viejos actos en los que una comunidad se celebraba a sí misma con la certeza del pensamiento y el esfuerzo de los oficios intelectuales.

Fue un acto emotivo y, como dijo Lichtenbaum, una noche de homenaje al ídish y a la generación de los pioneros. Fue también un eslabón más en la cadena de las generaciones: un nuevo lazo en la larga cuerda de sentido que atraviesa los tiempos con nuestras palabras.

“No estás obligado a terminar la obra”, se lee en el Talmud, “pero tampoco estás libre de no participar en ella”.

Así habló Lichtenbaum:

En futuros envíos, las palabras de Eva Guelbert de Rosenthal y de Yaacov Rubel.