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Una mirada astronómica al cementerio de Moisés Ville

Por Armando Mudrik (Astronomía Cultural, Universidad Nacional de Córdoba)

Cementerio de Moisés Ville

La orientación de las tumbas del cementerio de Moisés Ville y la afirmación de que miran “hacia el este, a Jerusalén” es algo tan natural en la zona, como interesante de analizar desde el punto de vista de la astronomía cultural, campo científico que nos permite elucidar las relaciones de los diversos grupos humanos con el cosmos, y las maneras en que ellas se manifiestan en la arquitectura, los mitos y las prácticas cotidianas.

Desde esa perspectiva surgen varias preguntas, algunas de las cuales podemos responder con métodos astronómicos y otras con herramientas propias de las ciencias sociales.

¿Es común esta práctica dentro del judaísmo? Al consultar a rabinos ortodoxos y conservadores sobre esta disposición en las tumbas del cementerio de Moisés Ville (también observada en las de los camposantos de las subcolonias que integraban la gran colonia Moisés Ville), a algunos les llama la atención y les parece una novedad pero sobre todo los desconcierta el origen de esta práctica. Por un lado podemos encontrar el origen de orar en dirección a Jerusalén en el Tanaj y también en el Talmud, disposición que ha derivado en las comunidades de la diáspora localizadas al oeste de Jerusalén, en la costumbre de orar hacia “el este”. Pero no hay ninguna referencia sobre la orientación de los cuerpos en prácticas funerarias.

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El desenterrado

Una de las primeras tumbas del cementerio de Moisés Ville

Un ladrido lejano rasgó la oscuridad que lo envolvía todo; Ludmer, el colono, no le tenía miedo a los fantasmas.

Al contrario, sabía que su misión era la que le correspondía moralmente a un hombre como él: no podía permitir que aquel que había sido su amigo y que ahora estaba muerto yaciera en un cementerio ajeno a su fe. Tampoco le importaba correr el riesgo de ser atrapado en plena tarea; debía cumplir con su conciencia.

Ludmer trabajó en el cementerio, en el medio del campo, durante un largo rato, en silencio, jadeando a veces por el esfuerzo, clavando la pala mil veces y mil veces retirándola cargada de tierra. Hasta que por fin tocó algo duro: era el cajón. Sus estimaciones eran correctas. Era su compadre, bajo tierra.

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En CrimenyRazon.com

La tumba de la familia Waisman, en el cementerio de Moisés Ville. Foto: Paula Salischiker.

El sitio web de noticias policiales y judiciales Crimen y Razón publicó un nuevo adelanto de Los crímenes de Moisés Ville. Esta vez fue una parte del capítulo 7: “El crimen de la familia Waisman (y la memoria como un deber)”. Se puede leer aquí.

Este capítulo –que cuenta la masacre de una familia ocurrida en la noche del 28 de junio de 1897– lleva el testimonio de la entrañable Juana Waisman. Nieta de una de las víctimas, Juana tenía 95 años cuando la visité en un geriátrico rosarino, una casona con pisos de madera que crujían. Los ancianos miraban sorprendidos a los visitantes extraños como yo, y cuando subí las escaleras arriba encontré a Juana: estaba de pie, tomada a su andador, en el centro de una habitación sencilla en la que había dos camas y un televisor. Me esperaba con una torta de receta ídishe, deliciosa. Y tenía para contarme, en el tiempo en que la tarde se hizo noche, la historia de sus cuatro muertos, pero también la propia. Que es la mía. Que es, así, la de todos.

En el cementerio de Moisés Ville, la tumba de la familia Waisman [en la foto, arriba] es la más larga: las víctimas yacen en fila, los pies de uno con la cabeza del otro.