Por Christian Kupchik

Si en realidad existe una disciplina conocida como periodismo de investigación, entonces no parecería existir dudas sobre quién fue su creador: un francés llamado Londres, Albert para más datos. En él se sintetiza un estilo particular que habría de replantear no sólo un estilo periodístico, sino su función y sentido. Irónico, agresivo, agudo, escritor fantástico, erudito: un vagabundo en busca de vestigios. “Nuestro oficio no consiste en dar placer, como tampoco perjudicar a nadie; no consiste en estar a favor o en contra de algo, sino colocar nuestra pluma sobre la herida”. Esa fue su consigna, y le fue fiel hasta las últimas consecuencias. Y así se convirtió en un mito.

Albert Londres nació en Vichy en 1884. A comienzos de siglo se traslada a Lyon y de allí a París: no tiene 20 años aún y sueña con ser poeta. Su escuela la hará como gacetillero parlamentario, aunque en 1914 firma su primer artículo. Era la primera llama de una hoguera humana que entendió que el mundo no es ancho ni, mucho menos, ajeno.

Denuncia todo lo que está a mano denunciar: la Gran Guerra en todos sus frentes estratégicos, la conquista de Fiume por D’Annunzio, la crueldad oculta detrás del Tour de France -la vuelta ciclista que era considerada uno de los mayores fenómenos populares. En 1917 viaja a la Unión Soviética para cubrir la Revolución Rusa. Vuelve a Francia y prosigue. En 1923 viaja a Cayena, capital de la Guayana Francesa, y desde allí sigue viaje hasta la temible Isla del Diablo. El resultado será Au Bagne, un libro donde acusa no solo las condiciones en que vive la colonia en general y los internos de la institución carcelaria en particular, sino también la hipocresía de la sociedad francesa. La obra, aunque deviene un éxito, cierne sobre Londres todo tipo de ataques. No obstante, los ataques parecen estimularlo más.

Eugene Dieudonne, una de las animadas criaturas de Londres.

Investiga la actuación de los batallones de disciplinamiento en el norte de África y la locura en China. Viaja a Islandia y vive con los balleneros. Regresa. Ahora investiga la situación de los alienados en los asilos de Marsella. Recuerda algo: durante su viaje a la Guayana, conoció un presidiario, Eugène Dieudonné, condenado a perpetua por el asesinato de un cobrador. El preso clama su inocencia con toda la voz y todas sus razones ante el reportero, quien queda tan impresionado que promete gestionar la revisión de su caso ni bien llegue a Francia. Lo hace, pero el aparato judicial no se da por enterado. Dieudonné, resignado a no tener justicia, escapa y se refugia en Brasil. Pero la huida no un juego de niños: debió cruzar el Orinoco y la selva amazónica. Londres se lanza sobre sus huellas y finalmente consigue encontrarlo en Río. Dieudonné le cuenta con lujo de detalles los pormenores de la fuga. Londres toma nota. Algo más: el evadido quiere retornar a Francia y limpiar su nombre. Se despiden.

Albert, apoyado por su periódico, logra que el Quai d’Orsay le devuelva a Dieudonné su pasaporte. En octubre de 1927, el periodista y el ex presidiario desembarcan en Marsella del vapor Plata. Del puerto se dirigen a la estación de ferrocarril y allí abordan el primer tren a París. Al llegar a la Gâre de Lyon, Londres improvisa una conferencia de prensa. Eugène Dieudonné se reinserta en la sociedad, se casa y se gana la vida fabricando muebles. Londres narra su experiencia en L’ Homme qui s’ evada. Pero antes, debía ocuparse de otro asunto que lo había llevado hasta el extremo sur de América antes de dirigirse a Río: Le chemin de Buenos Aires (hay edición en español: El camino de Buenos Aires).

Fue posiblemente durante los preparativos de su viaje a Río que Londres escuchó sobre la enorme industria que prosperaba en la  Argentina de 1927: la prostitución. Y sus principales agentes, ¡eran franceses! De modo que, un par de contactos en Marsella, de allí a Bordeaux, y luego, a bordo del Malte, Buenos Aires. En el barco conoce  a un “macró” que hará las veces de “cicerone” por los bajos fondos porteños. El  pretencioso diseño cuadriculado de Buenos Aires, pero en particular su cuadrada francofilia (y la consecuente carga de hipocresía), irritan profundamente a Londres: “A veces Bonaparte formaba sus tropas en cuadrados: hacía abrir fuego sobre los cuatro lados al mismo tiempo. Buenos Aires está dispuesta como lo estaban los ejércitos del difunto general. La ciudad avanza, cuadrado por cuadrado, para librar batalla a la pampa. Sobre los cuatro lados de sus cuadrados, Buenos Aires igualmente abre el fuego. Esto no es lo mismo. Uno recorre la ciudad colmena. Se camina sin esperanzas. Se marcha como los asnos atados a la noria, como los esclavos condenados al molino. Incluso una noche soñé que habiendo cometido un crimen horrible, severos jurados me infligieron el peor de los castigos: pasearme toda la vida en Buenos Aires. ¡Desperté llorando!”.

Es muy probable que esta sensación respecto a la ciudad se haya visto acentuada por el tema sobre el cual Albert estaba trabajando. Tomó contacto con políticos y policías corruptos, “cafishios” de la peor calaña, pobres niñas explotadas… Finalmente, termina su denuncia absolviendo a las mujeres (lo que despertó el horror de los moralistas) y, en cierta medida, también a quienes las explotan. “Mientras haya desocupación. Mientras haya muchachas con frío y hambre. Mientras no ganen lo suficiente como para permitirse enfermar. Permitirse, incluso,  ofrecerse un abrigo en invierno, dar de comer -aunque más no sea, a veces- a los suyos… Y a su hijo… Mientras tanto, dejemos que el rufián nos sustituya y le tienda un plato de sopa. Mientras tanto, a quemar las casas y a excomulgar sus cenizas. No habremos hecho otra cosa que fuegos y grandes gestos. La responsabilidad es nuestra. No la descarguemos en otros”. Le Chemin de Buenos Aires abrirá en Francia una investigación sobre las actividades de los “macros” marselleses. Por supuesto, quedará en nada.

En Le Chemin de Buenos Aires, Londres toca el tema de los tratantes polacos en la Argentina. Volverá a hablar de los judíos en Le Juif errant est arrivé, con el que recorrerá Europa de punta a punta, en busca de las comunidades más integradas, pero también de las más extrañas.

Ya había denunciado “la trata de blancas”; ahora era el turno de la de “negros”. No hay tiempo: en 1928 parte en un periplo de cuatro meses por las colonias francesas en África. Ya había escrito algunos artículos sobre los “blanquitos” de Dakar, pero esta vez se compromete a fondo con la explotación de los colonos que, llaman a sus prácticas, el “motor a bananas”. Del Congo al Sudán, de Malí a Gabón, Londres va coleccionando argumentos que dejan al lector en un estado de fascinación y terror. Sarcástico y punzante, el escriba vagabundo denuncia las millares de muertes en nombre de la explotación de los bosques y el valor de la tierra. El conjunto de estos artículos, Terre d’ Ebène, suscitará furiosas polémicas y desmentidos violentos. Incomoda a sectores  políticos, pero también a círculos intelectuales. No obstante, otros, como Roland Dorgelès (otro excelente cronista viajero) y el genial poeta Blaise Cendrars, le brindan su admiración. Y Paul Morand, desde su lecho de enfermo en Dakar, luego de una visita de Londres, escribe: “Este gran corredor del mundo…, este héroe de tantos raids periodísticos, aporta a mi cabecera un suplemento de vitalidad, una  información precisa, una inteligencia rápida que me estimula: mañana me levantaré”. Y más adelante, al despedirse del cronista en Timbouktu, Morand vuelve a anotar: “Me creía imbatible en materia de viajes, en conocimiento de vías marítimas, ferrocarriles, etc. Pero frente a Albert Londres me doy por vencido”.

En 1931, Albert Londres publica su último libro, Pêcheurs des perles, sobre los pescadores de perlas de Djibouti, en las profundidades del mar Rojo. Un año más tarde, Albert Londres emprende su último viaje: a  bordo del Georges Phillipar, cruza el océano Índico. Por razones nunca aclaradas, un incendio se declara en el barco y todos los pasajeros son obligados a descender frente a las costas de Shanghai. Londres, que subió a uno de los últimos botes salvavidas, recuerda haber dejado unos originales valiosos en su camarote y vuelve a saltar al barco en llamas. Ya no regresó. Algunas versiones indican que estaba investigando las vías del contrabando de opio hacia Europa. Otras, hablan de tráfico de armas. Lo real es que Albert Londres se perdió con su pluma sobre la herida abierta de otra noticia.