Por Perla Sneh

1898 fue un año agitado en Buenos Aires, una ciudad que soñaba con ser París. Apenas cuatro años antes quinientas antorchas habían inaugurado “La Avenida” (Avenida de Mayo), su primera gran fachada, plagada de angelotes, guirnaldas, cúpulas y balcones. 1898 fue también un año productivo para la pluma de Miguel Cané –recordado autor de Juvenilia – quien la ejercitó en la redacción de la Ley de Residencia mientras activaba para la creación de la Facultad de Filosofía y Letras, empresas ambas consideradas como bastiones contra la amenaza inmigratoria: la primera permite expulsar indeseables, la segunda promueve el estudio de las lenguas clásicas, mas no como aventura intelectual, sino como modo de preservar la pureza de la lengua argentina amenazada por la jerigonza aluvional. 1898  fue también el año en que apareció en Buenos Aires la primer hoja impresa en ídish, Der Viderkol (El eco) escrita, dirigida, vendida, difundida y grabada a mano, número por número en planchas de piedra, por Mijl Ha’Cohen Sinay, figura quizás inimaginable hoy, con algo de Quijote, algo de cuéntenik, algo del borgiano redactor de La muerte y la brújula, pero no sólo.

Miguel CanéCon el tiempo y el devenir de las voces, los legados de Cané y de Sinay habrán de volver a cruzarse. Así ocurre en los ’60, cuando una nieta del periodista pionero, Ana Luz, muchacha de larga trenza oscura, ingresa al colegio de Juvenilia. La historia, con sus tramas y embrollos, se divierte a su manera.

También es en los ‘70, años signados por una política hecha de literatura, que muchos escritores jóvenes –entre los que se cuenta otro Sinay, Sergio– optan por el policial negro como modo de dar voz a esa trama. Y así ocurre también hoy, 2013, cuando se agrega un Sinay más a la diversión de la historia, para el caso, el bisnieto de aquel lejano pionero, Javier, quien,  intrigado por unas breves palabras de su padre, Horacio, sobre su bisabuelo, Mijl, vuelve sobre los tesoros de una lengua olvidada en pos de retazos perdidos con los que compone este libro que leí con deleite. Quizás porque me siento como en casa en estas páginas salpicadas de palabras transliteradas, traducciones obligadas, metáforas extrañas; páginas tramadas de nombres infrecuentes Dreyfus, Liachovitzky, Iarcho, Vermont; de una rara geografía: desde Grodno hasta Domínguez, pasando por Bialystok y Palacios. Aunque a cada uno su rareza (personalmente, Villa Alba me es más nuevo que Zabludow) y cada lector hallará las suyas. Anoto, entonces, aquí los rastros de mi lectura, no como pretendido resumen tutor –a todas luces, innecesario- sino como rastro de las preguntas que me despertó, es decir, como algo que me concierne.

El matadero, ilustrado por Carlos AlonsoEl relato se centra en los crímenes que menciona el título –veintidós asesinatos ocurridos entre 1889 y 1904 en Kiryat Moshé o Moisesvishe (prefiero esta pronunciación al afrancesado Moises Ville). Pero no se trata de una mera crónica de sangre. La historia que aquí se trama está tejida de múltiples historias: la vida de la colonia en esa pampa que no deja de ser la de El matadero y que los poetas ídish de entonces no dudaban en llamar “step” (estepa); el lento descubrir de una historia familiar tan perdida como a la mano; el encuentro con una lengua silenciada, el ídish, que tantos crímenes contó y que volvió a hacerlo cuando sus tesoros llovieron sobre esta ciudad junto con los escombros de la AMIA.

Con todo esto a cuestas, el libro de Javier persigue los modos del crimen como metáfora, es decir como escritura, sin desconocer que es precisamente la escritura lo que se volvió recurso de legitimización cívica para un judaísmo pionero y olvidado que no quiso reducirse al rito o la consigna, pero que tampoco se avenía  a disolverse en una nada vergonzante; militancias de un judaísmo que no renunciaba a su arraigo tanto en la letra como en la acción, precisamente en una nación como ésta que, a fuerza de escrituras -del Facundo en adelante- halla en las letras un modo privilegiado de acción.

Alberto Gerchunoff

En esa trama, el propio Gerchunoff, heredero de estos crímenes y muy presente en este texto, imaginó alguna vez un particular Bicentenario, quizás como conjuro del adverso  “juicio eterno sobre los hebreos”  que vio, entristecido, germinar en este suelo. Lo imaginó como un día mítico en el que los hijos de sus hijos habrían de oír, “en el segundo centenario de la República, el elogio de próceres hebreos, hecho después del católico Tedeum, bajo las bóvedas santas de la Catedral”.  Y bien, sabemos que ese día llegó. Pero también sabemos –la historia no siempre es divertida- que el crimen persiste en asomar: hace apenas pocos días, precisamente la Catedral metropolitana donde se realizaba un acto recordatorio de la Kristallnacht, fue testigo de ello. El crimen, entonces, no sólo es historia.

Pero, ¿cómo contar un crimen?, se pregunta Javier (p. 245), más aún: un crimen lejano, naufragado en el pasado. Pero el acto mismo de la pregunta dice algo de lo que de ese pasado está en el presente. Entonces Javier, como Murena, se vuelve anacrónico y, por eso mismo, contemporáneo. Con la mirada puesta en los crímenes de otro siglo, que “como una caja de Pandora”, guardan el secreto de su propia historia desgrana capítulos de la colonización con su increíble fragilidad y su increíble determinación; capítulos del periodismo judío y  del periodismo argentino; pero también, en filigrana, capítulos de una comunidad no exenta de paradojas. Una comunidad que, habiendo forjado una cultura original e inédita, que dio lugar incluso a nuevos modos de concebir lo judío, la deja languidecer como trasto viejo; una comunidad que no temía al disenso y que ahora quiere reducirse  a una homogénea corrección política; una comunidad que probablemente sólo recuerde el nombre de Sinay por obra de su bisnieto; una comunidad que hoy, 2013,  censura -con razón- los dichos a todas luces criminales de un asesor político estrella y, sin embargo, no deja, por eso, de festejar a su asesorado. El crimen se vuelve, entonces, clave de lectura de una época. Y a la hora de contar el crimen, dice, con razón, Javier (p.245), la ingenuidad no existe.

Rodolfo WalshEl gesto de Javier se inscribe en una tradición intrincada. Es quizás tributaria de aquella máxima de Goethe –Lo que has heredado de tus mayores, adquiérelo para que sea tuyo– frase que Freud retoma en varios lugares de su obra, también cuando habla de Moisés, un judío errante de lengua frágil. Pero, al mismo tiempo, ese gesto no deja de ser eminentemente argentino, al modo que lo es Rodolfo Walsh, católico de raigambre irlandesa que busca en el crimen los secretos de su tiempo, componiendo una escritura que denuncia el mal bajo las formas de la criminalidad de un estado.

En su recorrido, Javier debe vérselas con un crimen más: el del olvido. No es fácil investigar sucesos cuyo únicos rastros son una memoria incierta y papeles amontonados. En honor a esa dificultad, Javier debió hacer las paces con el olor del papel viejo; debió hurgar en las cajas del IWO –Idisher Visnshaftlejer Institut, Instituto Científico Judío- cuyo archivo pasó por las manos de su bisabuelo, Mijl Hacohen; debió ir en pos de los últimos memoriosos; debió desbrozar versiones contrapuestas que navegan entre el mito, la idealización y la calumnia. Con todo eso, Javier intenta una denuncia que, sin arrogarse virtud, ensaya una estrategia intelectual donde nombres y vidas encarnan en una escritura necesaria sin dejar que su pluma, como la de su bisabuelo, se deje “llevar por el demonio” (p. 219).

Y, sin embargo, hay frases que, en su parca sencillez, estremecen: hacia 1897 masacrar familias no era una novedad en la campaña santafesina (p. 141). O ¿Cómo recrear los crímenes entre el silencio y el aroma a flores del pueblito de Palacios? (p. 147). Con esa misma sencillez este libro nos habla tanto de la ingenuidad perdida en el pogrom de 1910 -que destruyó la Biblioteca Rusa- como del extraño misterio de los perros envenenados en Moisesvishe. Con esa misma sencillez relata, sin patetismos pero sin concesiones, una a una las veintidós muertes que el abrumado Mijl Hacohen halló necesario poner por escrito en el año 1947.

¿Por qué -se pregunta Javier- precisamente en 1947? (p. 248). El despliegue de esta pregunta es quizás la cifra de su posición de escritura: 1947 es el año en que Mijl cumple los setenta, el año de un homenaje tan merecido como demorado que reedita para él la emoción de 1898, cuando, ante el nacimiento de der viderkol, el eco, mil cartas de felicitación inundaron su pequeño cuarto en Corrientes 1257, que hacía las veces de sala de redacción. Pero 1947 también es el año de algunos textos de Mijl escritos en castellano (p. 257), textos que hablan de Galitzia y Polonia como “nada más que simples carnicerías” propias de la lengua del Inferno del Dante: Per me si va nella cittá dolente…

Son textos escritos con la urgencia que impone la matanza,  una escritura de trinchera. Y quizás por eso, dice Javier, por el apremio por cauterizar las heridas, se imponen nombres y fechas difíciles de confirmar  (p. 259). Porque la “verdadera bestia” estaba en Europa, porque en verdad se trataba de esa imagen tan pregnante por esos años: el cuerpo judío que es piel y huesos, un cuerpo muerto, calcinado, aniquilado.

Mijl Hacohen Sinay. Retrato de Apuntes para la Historia del Periodismo Israelita en la Argentina, de Pinie Katz, 1929

Mijl, escribiendo en castellano, carga el aire de ese dolor, que, bien lo dice Javier, “era lo que se respiraba” (p. 258). En ese clima, rescatar  a los asesinados, uno por uno, “sus nombres y sus rostros”, era más que sólo crónica negra, era no renunciar a la palabra en un presente ensombrecido por un crimen que se impone como ley.

Sobrevuela en estas páginas la palabra identidad  -judía, argentina, con o sin guiones-. Por mi parte, la dejo pasar; prefiero decir condición. Digo entonces que estas páginas hablan también de la condición  judía o la condición argentina  y lo digo como quien dice condición de lectura, porque lo aquí se despliega no deja de ser un modo de aventurarse al drama de las lecturas que signan una existencia. En ese drama se ubica Javier  -y nosotros, lectores, con él- con palabras precisas: cuando escribo estas líneas –nos dice- no tengo más que un viderkol. Ese eco modula sus palabras, que no desmienten la historia pero tampoco la simplifican, palabras que deben ser dichas y que aquí reescriben, a su modo, la máxima de Goethe en términos de apropiación de un legado. En ese sentido, hay en este libro un valor reparatorio, podemos decir: un singular acto de justicia. Y eso no es poco cuando hablamos de crímenes.

Perla Sneh leyó este texto en la presentación de Los crímenes de Moisés Ville, el 20 de noviembre de 2013, en la Sociedad Hebraica Argentina.

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