A los 95 años, Juana Waisman fue la persona más cercana a uno de los crímenes con la que he podido conversar. Hija de Marcos (o Meyer) Waisman, nieta de Joseph Waisman, conoció de primera mano la historia de aquella familia masacrada en la noche fría del 28 de julio de 1897, cuando un grupo de bandidos llegó hasta la casa que habitaban —en la magnitud de los campos de Palacios— para pedir vino, robar y matar. El padre de Juana era entonces un niño de ocho años que tuvo la suerte de no encontrarse en el lugar del crimen. En cambio, estaba durmiendo en la casa de su abuelo, Froim Zalmen Waisman, en el pueblo de Moisés Ville.

Cuando visité a Juana en el geriátrico donde pasaba sus días —una casona en la que los pisos de madera crujían y los ancianos miraban sorprendidos a los visitantes, a poco andar del centro de la ciudad de Rosario—, ella me atendió con una torta de receta ídishe y me contó que había vivido, desde que nació en 1916, el auge y el ocaso de Moisés Ville, de donde se había retirado cuarenta años atrás, cuando comenzó a quedarse sola, sin más compañía que la de su esposo Santiago, el encargado de la usina eléctrica del pueblo.

—Aquí en Rosario somos del montón, pero ahí éramos alguien —me dijo.— Cada vez que salíamos de viaje nos hacían una despedida: irse de viaje era como un milagro, pero la condición con la que nos dejaban partir era que contáramos todo a la vuelta. Fuimos a Israel, a Hawaii, al Caribe… ¡Hay cosas tan lindas que no están escritas! Y ya después, cuando no vivíamos más ahí pero íbamos de visita, todas las puertas se abrían y de todas las puertas nos saludaban. Pero ahora no queda casi nadie. No, ya no… Esa es la historia de mi pueblo y ya me acostumbré. Después de tantos años… es así. Es todo verídico. Lo he vivido y no tengo cinco años.

Aquel Moisés Ville en el que Juana Waisman se crió no era ya tan violento como el pueblo que había visto morir a su abuelo.

En la década de 1920 la modesta casa-almacén donde había ocurrido aquel crimen múltiple comenzaba a convertirse en una ruina que a veces señalaban, a lo lejos, los descendientes de los asesinados. Entonces todo había cambiado: los gauchos y los colonos judíos mantenían esa relación amistosa y complementaria de la que surgió el gaucho judío, tan famoso por esas pampas.

—Los criollos hablaban el ídish mejor que nosotros; no había ni discriminación ni miedo —me dijo Juana—. Y por fonética entonaban los cantos hebreos en la guitarra: ¡in-cre-í-ble!

* *

El 4 de diciembre pasado presenté Los crímenes de Moisés Ville en la librería rosarina Ross. En la mesa me acompañaron el periodista y escritor Osvaldo Aguirre, la realizadora audiovisual Sonia Helman y la directora del Centro de Estudios Históricos e Información Parque de España, Carina Frid. En el público, varios hijos de la colonia que, como bien dijo uno de ellos (Jordan Mularz), nunca habían dejado de ser moisesvillenses, ni siquiera los que llevaban algunas décadas afuera.

En la presentación discutimos un largo rato sobre la vida en Moisés Ville —y también sobre la muerte—, y al día siguiente aproveché para visitar una vez más a Juana Waisman.

Que tenía ahora 97 años.

Y que seguía siendo una persona sabia y agradable, tanto como lo había sido cuando la había entrevistado en mi visita anterior.

Esta vez no quise saber sobre sus ancestros ni sobre los asesinatos en la colonia, sino sobre sus años, su vida, su vejez, su transcurrir. ¿Cuáles eran las conclusiones a las que había llegado esta longeva mujer que casi rozaba el siglo?

Algún tiempo atrás, Juana había tenido de la idea de poner una placa en la larga tumba de la familia Waisman, en el cementerio de Moisés Ville, para indicar en español los nombres de las víctimas del crimen de 1897, que estaban tallados en hebreo sobre el mármol erosionado.

—Nosotros sabíamos quiénes estaba ahí, pero las letras ya estaban borroneadas —me había contado dos años atrás—. Y yo, que iba al cementerio de Moisés Ville como una obligación, todos los años, entre Rosh Heshune y Yom Kiper, sentí que teníamos que poner esa placa.

La larga tumba de la familia Waisman.

De alguna manera, Juana tomó la responsabilidad de transmitir el legado de su familia hacia el futuro. Si las letras se estaban yendo con el viento o con el aprieto de leer una lápida en hebreo, ella en cambio había decidido hacer perdurar la historia y legarla a quienes alguna vez, en los días por venir, se la pudieran apropiar.

— Conviene siempre saber el origen: yo estaba orgullosa del mío —me dijo Juana en nuestra segunda conversación.

Me fui pensando en eso.

Tratando de entender en qué medida el origen de uno es, a la vez, el de todos.

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